Las guerras del siglo XIX en “Sol marchito”, la novela de Álvaro Medina
El periodista y escritor Álvaro Suescún presenta la novela de Álvaro Medina.
Por Álvaro Suescún T.
Hay una conflagración civil muy cruenta en nuestra historia patria que tomó por nombre “La guerra de Las Escuelas”; originada en algunos cambios urgentes en el sistema educativo que el presidente Aquileo Parra quiso implementar, 13 años después de haber sido adoptadas por la Constitución de Rionegro. Una misión alemana con criterios tal vez arbitrarios pero deslumbrantes, había sido contratada para transformar los anticuados métodos de enseñanza controlados por la Iglesia, y su presencia exacerbó el descontento de los feligreses, el 9 de julio de 1876 el partido Conservador se alzó en rebelión adoptando la singular guerra de guerrillas, intentando detener aquellas tareas de secularizar la educación.
En “Sol marchito”, la novela de Álvaro Medina publicada por Planeta, se narran con minuciosidad los detalles de esa generación resultante de aquel conflicto, revelados por un padre atribulado a su hijo recién llegado de sus estudios en Estados Unidos, aconteceres desatados una vez fue declarado “perturbado el orden público federal”, para hacerle frente a esta confrontación armada de trasfondo religioso, que finalizó el 25 de mayo de 1877. La novela inicia a plenitud cuando aquel padre celebra los 21 años de su hijo a mitad de año en 1905. El festejo es en una hacienda muy bien surtida y allí decide, al calor de unos tragos, contarle su historia; “Tú vienes de Nueva York, yo vengo de Bogotá, y hay muchos acontecimientos de la familia que no conoces”.
Después de esta hubo otras cuatro guerras civiles antes de cerrar el siglo, una en 1984 que el Partido Liberal perdió; luego Rafael Núñez en la presidencia durante el período de La Regeneración logró el reconocimiento del predominio de las creencias católicas en la población con el método poco saludable de la guerra, y una más, muy breve, en 1895, un intento de los liberales por recuperar el poder que duró menos de tres meses; para cerrar con el broche triste de La guerra la de Los Mil Días, que fue la más larga de todas.
Este es el trasunto de este libro de Álvaro Medina, inscrito dentro de la corriente de los historiadores que hacen novela o de los novelistas que escriben historia en nuestro país, hechos que tienen una cierta recurrencia en el mapa literario reciente. Rescato para este análisis a “Ingermina o la hija de Calamar”, publicada en 1844, de Juan José Nieto, un escritor y político que alcanzó la presidencia del Estado soberano de Bolívar nacido en Cibarco, un patio cercano a Barranquilla, que tiene a su haber esta que sería la avanzada de estas “novelas de no ficción”, hasta desembocar en “Los nombres de Feliza”, de Juan Gabriel Vásquez, una novela con fondo real sobre Feliza Burzstyn, escultora excepcional que debió enfrentar el estatuto de seguridad de Turbay y las convenciones de su época, gran amiga de García Márquez; su muerte la sorprendió durante una cena con el Nobel en un restaurante parisino, de modo que mencionemos también al siempre inevitable García Márquez que, con “El general en su laberinto”, nos dio lecciones políticas que apenas empezamos a digerir.

Entre estos ilustres personajes pudiéramos enumerar una buena cantidad de escritores asimilados por la historiografía. Por razones simplemente de coincidencia geográfica citaría los que están al borde del río Magdalena: nacidos en Barrancabermeja, ciudad en la que no se deduce fácilmente cómo puede tener tantos escritores y novelistas de alta prestancia. Vienen a nuestra memoria Nahum Mont, Enrique Serrano, y Pablo Montoya, ellos, no por coincidencia, desarrollan esta actividad de la escritura basada en los eventos históricos para organizar textos literarios, ¿cuál de todos pudiéramos decir que es de mayor prestancia? Enrique Serrano, demos por caso, autor de “Colombia, historia de un olvido”, es más reconocido en Europa que en Colombia y casi todas sus publicaciones han sido hechas allá. Nahum obtuvo el premio Ciudad Bogotá en 2004, con “El eskimal y la mariposa”, una radiografía visceral de nuestra violencia en los cruciales años ochenta recientes. Y Montoya fue galardonado con el premio Rómulo Gallegos, tal vez el más afamado en nuestra América Latina, autor de “La sombra de Orión” y, no por casualidad, escribió "Novela histórica en Colombia, 1988-2008", ensayo crítico en el que analiza el auge de este género literario que incorpora las técnicas, la estructura y los recursos formales que tradicionalmente han sido característicos de la novela.
Álvaro Miranda, en “La risa del cuervo”, quitó las vendas a las mortajas para que sus lectores pudiéramos observar ese ambiente que produce la violencia exacerbada, la que también encontramos en “El abuelo Macedonio”, de Fabio Rodríguez Amaya, autor de gran rigor radicado en Milán, y en “Satanás”, de Mario Mendoza, entre otros que coinciden en el tratamiento de nuestra violencia de cada día, valorándolo en sus formas de literatura, aserto que contradice el poeta Joaquín Mattos Omar con razonamientos igualmente válidos: “… no contribuye al conocimiento claro y distinto del complejo campo de los discursos sobre la realidad”.

Este preámbulo simplemente para decir que esta novela de Álvaro Medina está escrita dentro de ese género, presumo que por razones de su condición de investigador cultural, metido entre estanterías durante 40 años, porque esta novela está hecha sobre la base de los acontecimientos históricos de la guerras que ocurrieron en el siglo antepasado, desde la campaña libertadora en los albores de nuestra independencia, hasta el final del siglo, que es donde se ubica cronológicamente, sin dar lugar a otras noticias estancadas que no están involucradas con la violencia en la que se llamó La guerra de Los Mil Días, y en el estrecho marco de esos ochenta años caben 9 guerras civiles, es decir, una guerra de proyección nacional cada diez años, sin contar las guerras interestatales ni las guerras de guerrillas que ahora nos asombran, y que se consideraron propias de las actividades políticas insurgentes tras el asesinato de Gaitán.
Medina, que nació en Barranquilla en 1941, había escrito antes “Desierto en sol mayor”, una novela publicada por Colcultura hace 30 años, exhibe como atributo un trabajo permanente y muy diverso, habiéndolo desarrollado como historiador en un dilatado estudio sobre el “Proceso del arte en Colombia, 1810-1930”, recuento en profundidad del acontecer político y social de nuestro país, visto desde el arte y de sus protagonistas, publicado en 1978 en la Biblioteca Básica Colombiana de Colcultura, al darse cuenta de que, tras el análisis de esos procesos y el recaudo de destacadas trayectorias, podía prolongar este dinámico estudio. El resultado es un documento referencial de largo alcance: “El arte colombiano de los años 20 y 30”, de obligada lectura para historiadores, artistas y estudiosos del arte colombiano. Con este trabajo obtuvo el premio nacional de cultura en 1994.

En “La historia de las guerras”, de Rafael Pardo Rueda publicado en 2015, se sintetizan las guerras de Independencia, la Reconquista española, la campaña libertadora, luego las guerras civiles y los diferentes conflictos internos. También es un análisis de sus causas, de la creación de las guerrillas campesinas, de las guerrillas urbanas, y del terrorismo. Capítulo especial merece la guerra dentro de los diálogos de paz, el narcoterrorismo, el auge del paramilitarismo, y la negociación con los grupos de autodefensa. En estas motivaciones políticas e ideológicas de las guerras en Colombia está hincada la base de “Sol marchito”. También se nutre de fuentes aprovechables como “La hojarasca”, la primera novela de García Márquez, de algunos de sus cuentos, sus artículos y algún comentario crítico, que nos hicieron pensar que nuestro Nobel tuvo en algún momento el interés de escribir la novela de la guerra civil, y aunque “Cien años de soledad” trata el tema de una manera tangencial, no entra de lleno en esta historia de sordideces. Manuel Mejía Vallejo en uno de sus cuentos también hace referencia a personajes relacionados con La guerra de Los Mil Días, pero puso el freno de mano y no avanzó más de ahí. Estas dos situaciones debieron servir de acicate a Medina, para desarrollar tan prolongada labor de rastreo que ha dado un mayor estatuto intelectual al tema de la violencia.
En cuanto a la estructura, el monólogo interior es una técnica literaria con la que el narrador destaca las voces de sus personajes en el flujo de sus pensamientos, en los sentimientos, e incluso en las ideas, presentándolos de manera natural. El tiempo real se sustituye por el psicológico y, así las cosas, el presente se mezcla con el pasado y el lector se sumerge en el personaje, sin la guía o interpretación de quien urde la trama. El personaje al pensar en los aconteceres asocia hechos entre imaginados y fantasiosos para luego regresar a la realidad. En ese vaivén de acontecimientos seguirlos es un tanto arduo, es probable extraviarse en esos laberintos, eso forma parte de la experiencia del buen lector. Entre los escritores del siglo pasado se volvió muy corriente este método en la elaboración de las novelas, lo hicieron William Faulkner, Virginia Wolff, García Márquez y James Joyce, para citar algunos entre los más destacados.
La guerra de Las Escuelas fue, como casi todas las guerras de ese siglo, un conflicto político-religioso. Medina describe entonces un asesinato ocurrido en1876, al iniciar el conflicto bélico, el asesino dispara desde un balcón en ese mismo sitio. A diferencia de la mayoría de nuestras novelas sobre la violencia, que centran sus relatos en las batallas y sus protagonistas son los comandantes que las conducen, aquí hay otra perspectiva.

Las batallas están narradas en la novela a partir de los telegramas que recibía el presidente Rafael Núñez, y que al ser interceptados por los conservadores saben los avances o retrocesos, quiénes participaban en cada bando, quiénes los financiaban, quiénes las aupaban, centrando el relato no en la batalla sino en los informes y las especulaciones en Bogotá. El narrador en vez de describir la parte política o la psicológica, narra con libre albedrío cómo se vivían estos acontecimientos en los círculos del poder en la capital.
Esta es tal vez una de nuestras guerras más breves y esa es la razón por la cual se organizan en guerrillas. Finalmente, los conservadores logran que el presidente del Estado de Antioquia, cuyo nombre era Mateo Pizano, haya sido olvidado, con su fuerza de combate mucho mejor armada intervenga en la batalla de La Garrapata, en el Tolima, tres fragorosos días en noviembre de 1876, enfrentando a 12.000 combatientes, inclinando la balanza contra el gobierno central. Se calcula en 1.300 muertos en el combate y 190 más en los hospitales. Aun con mayoría de combatientes, los conservadores son vencidos, y se retiran a Manizales. La guardia colombiana los persigue y se enfrentan en la batalla de Manizales que duró varios días, en esa quebrada topografía finalmente convalidan la derrota conservadora.
En el siglo XX las condiciones son otras. Tenemos un periodo que va del 1902 a 1930 sin violencia, los gobiernos son conservadores, y los liberales, estando en la oposición, mantienen una actitud de cumplimiento de la Constitución y las leyes sin alteración del orden público. Cuando asume la presidencia Enrique Olaya Herrera, del Partido Liberal, en 1930 se presentó lo que algunos historiadores llamaron “la violencia chiquita”, porque no duró gran cosa y ha sido poco estudiada. De acuerdo con la Constitución de 1886, el presidente nombraba los gobernadores, y los gobernadores a los alcaldes; al ganar los liberales el poder, en los municipios donde las mayorías eran conservadoras, sobre todo en Boyacá y Norte de Santander, algunos alcaldes se negaron a entregar el poder, incitando el levantamiento popular. Una intervención rápida del Ejército dominó la situación, estableciéndose reglas de juego que permitieron convalidar la democracia y garantizar el acato a la ley, hasta cuando los conservadores vuelven al poder en 1946, tras la derrota de Gabriel Turbay, “El presidente que no fue”, en el relato novedoso de Olga Lucía Gnzalez, episodio del que Carlos Lleras ejemplariza con un contundente: “Si Colombia le hubiera entregado la Presidencia a Turbay, otra muy distinta había sido nuestra historia, comenzando porque la época de la violencia del 48, nos la hubiéramos ahorrado.”
Aunque no abunda la documentación al respecto, es el antecedente conocido de la oleada que se desata cuando los conservadores obtienen la mayoría de los sufragios, regresan al control del poder y ahí la cosa se complica, en tanto se inicia una historia que ustedes conocen mejor.
Lo que más se aprecia de esta novela es el esmerado estilo con que está ambientado el fenómeno de las tantas guerras, pues termina siendo un llamado de atención para que pensemos con buen equilibrio mental, y sin demasiados sacrificios, en cómo emprender la tarea de alejarnos de estos hechos que son tan dolorosos como frecuentes en nuestro país.